España se muere… pero tranquilos, la culpa la tienen los inmigrantes

España se muere… pero tranquilos, la culpa la tienen los inmigrantes.

España tiene un problemón; bueno, tiene muchos, pero hoy vamos a hablar de uno de ellos. No nacen niños. La pirámide demográfica parece un cucurucho derretido de esos que chorrea brazo abajo en dirección al codo, tiene una base de galleta tan estrecha que da miedo y una bola helada llena de jubilados a punto de jubilarse por segunda vez del cansancio que les provoca mirar el panorama que se avecina. Pero en lugar de encender todas las alarmas, reformular políticas públicas o, al menos, preocuparnos un poco por el futuro, preferimos el deporte nacional; buscar culpables en los que vienen de fuera.
Porque claro, es mucho más cómodo culpar al inmigrante que asumir que el país se nos está quedando sin gente, sin nacimientos y sin futuro.

Los datos son demoledores. Cada año nacen menos niños. Los directores de los colegios de primaria salen a la caza y captura de las matrículas para el siguiente curso con el cuchillo entre los dientes para no perder más líneas. En los institutos ya se nota también el descenso de alumnos y las aulas de Educación Infantil están en una situación casi dramática por la falta de alumnos.

Por otra parte, cada año hay más pensiones y más personas dependientes. Y cada año, para rematar el cuadro, tenemos más tertulianos gritando en prime time que «nos invaden», que «nos quitan el pan» y que «no se quieren integrar». La ironía es que, mientras ellos hacen campaña contra el “peligro migrante”, hay miles de personas inmigrantes trabajando, cotizando y criando hijos. Ya sabes, justo lo que el español medio no puede hacer porque con su sueldo no puede pagar ni un paquete de pañales.

Porque ¿quién en su sano juicio puede tener hijos hoy con alquileres a 900€, contratos temporales de dos semanas y jornadas de 10 horas? En España tener un hijo se ha convertido en un deporte de riesgo, un acto de heroísmo o una puñetera temeridad.

Y no, la culpa no es de Ahmed, ni de Hasam, ni de Mariana, ni de Edwin, que vinieron con 25 años a buscarse la vida y ya tienen dos hijos escolarizados. Ellos no destruyen el país. Lo están sosteniendo.

Pero claro, eso no entra en los discursos de odio. Es mucho más rentable políticamente decir que los inmigrantes saturan los servicios públicos que admitir que sin ellos no habría manos suficientes ni para levantar la persiana de la habitación de un hospital. Es más fácil alimentar el miedo que reconocer que la única forma de evitar que el país colapse es aceptar y ordenar la inmigración.

Sí, has leído bien: ordenar, regularizar y sobre todo ACOGER. No dejar entrar a cualquiera sin control, como tanto gusta caricaturizar, sino tener un sistema digno, eficiente y humano que aproveche el potencial de quienes vienen. Porque si no lo hacemos, si seguimos cerrando fronteras y abriendo telediarios con bulos y estupideces varias acabaremos con una población envejecida, servicios públicos quebrados y una economía sostenida por hologramas.

¿Y la natalidad autóctona? Por supuesto que hay que incentivarla. Pero no con cheques bebé, ni con cursillos de paternidad voluntaria. Lo que hace falta son políticas de verdad; conciliación, vivienda asequible, sueldos dignos y estabilidad. Y mientras conseguimos todo eso (si es que algún día se consigue, que no lo parece), ¿quién sostiene el país? ¿quién trabaja, cotiza y tiene hijos? Pues sí; ellos, los señalados, los odiados, los utilizados como cortina de humo para ocultar la verdadera decadencia que estamos viviendo. Una decadencia marcada por tres palabras; pocos, viejos y enfermos.

Es curioso. Tenemos la solución delante, tocando a la puerta, con ganas de trabajar, de contribuir y de quedarse. Y nosotros, en vez de abrir, aplaudimos a los que nos gritan desde dentro que “nos están robando el futuro”. No, el futuro no nos lo roba nadie. Lo estamos tirando nosotros por la ventana, con bandera en mano y discurso apocalíptico en una mente ensuciada por los de siempre.

Así que por favor, menos odio y más visión. Menos bulos y más datos. Y sobre todo, menos nostalgia de una España que afortunadamente ya no existe y más compromiso con la España que podría seguir existiendo… si es que decidimos no dejarla morir.

Juanlu Rodríguez.

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